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viernes, 2 de marzo de 2012

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"Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?" Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.[...]

Su duda puede tornarse una virtud, si usted la educa. Debe convertirse en saber y en crítica. Pregúntele, cada vez que ella quiera echarle algo por tierra, por qué ese algo está mal. Exíjale pruebas. Sométala a un examen. Acaso la encuentre entonces perpleja, confundida. O quizás rebelde, levantisca. Pero no ceda usted. Exija argumentos y obre así, alerta y consecuente, siempre y cada vez que sea preciso. Ya vendrá luego el día en que el dudar deje de ser destructor, para convertirse en uno de sus mejores obreros, el más inteligente, tal vez, entre todos los que van edificando la vida de usted.

Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta.

viernes, 6 de mayo de 2011

Sobre olores.

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Esta tarde, en el ensayo de orquesta, para darle vidilla al asunto, decidí cambiar mi violín con el de una compañera. Me dijo algo raro y conmovedor: "Tu violín huele a ti". Yo había pensado lo mismo al coger el suyo (es decir, que su violín olía a ella), pero descarté tal pensamiento porque no me parecía normal que la madera recogiera los olores. Pero sí, lo hace. Además, los atrapa de una manera muy curiosa, porque se mezcla el olor de cada cual con el barniz, la resina, el tacto, el sudor. Me dio a probar mi olor en mi violín y, contra todo pronóstico, me seguía oliendo a madera. El suyo sí me olía a ella, pero el mío no me contaba nada. De repente empecé a pensar en el olor de los muebles de las casas. Pensé en la teoría -poco contrastada- de que nos enamoramos de las personas por el olor que desprenden. Esa teoría es un poco dura de asumir, ya que... ¿qué es enamorarse? Pero ese es otro asunto. Quizá quiero algunas casas más que otras porque han decidido atrapar los olores que más me gustan. Mi casa, mi pequeño pisito de esta querida y odiada a partes iguales ciudad, huele a mi madre, a cuando se me quemaron las croquetas y casi prendo fuego a la cocina, a mi hermano al salir de la ducha, que tiene una capacidad increíble para oler a limpio; a todos los que han pasado por aquí tantas veces, los cojines huelen a nuestros ratos echando la siesta (menos mal que nos guardan algunos secretos), a las velas de olor a vainilla, a las plantas y los "genarios", a las comidas riquísimas (si están como huelen) de la vecina, a los bizcochones, a raclette -que es algo tan nuestro-, a las risas y las lágrimas, a libros, a vinilos llenos de años, a mis violines sin tocar, a todo lo que aún no fue.
La otra, aquella donde siempre quiero volver, huele a Romea, a arroz con leche de la abuelita, a las cartas del abuelo y a su madera tallada de mil formas, a libro viejo (de final del XIX!), a madera muy pisada, con muchas historias, a techo verde y esfuerzo de mi madre, a los limones de mi tía y los tomates de mi otra tía, al extabaco de mi tío y de mi abuelo, a muchas historias, al carro de caballos que hizo a mi familia, a las vacas que pacían donde ahora recibimos a las visitas, el olor de ellos adolescentes y bebés, los perros y sobre todo las perras, a todos los amigos, a las hortensias, a la cama negra, al espejo rajado, al piano viejo, al acordeón checo de finales de los ochenta, a los acrílicos de mi tío, a los coches desguazados, a hierba cortada.
¿Qué contaría mi violín si hablara? ¿qué diría de ese olor mío que yo no puedo oler? He estado tanto tiempo en contacto con una madera que ahora no tiene pérdida. Ya, oficialmente, es mi violín. Es que coincide que hoy un compañero de clase me dejó un violín de su abuelo. Se trata de un violín muy antiguo, suizo. Ahora entiendo porqué no terminaba de hacerme a él: no huele a nada. Sin olor no tiene historia para mí. Ha heredado el olor de ese viejo estuche roído en que me lo dejó. Y no puede oler a mí. Mi olor es ya de otro.

Liebeslied, de Rainer Maria Rilke.
Wie soll ich meine Seele halten, daß
sie nicht an deine rührt
? Wie soll ich sie
hinheben über dich zu andern Dingen?
Ach gerne möcht ich sie bei irgendwas
Verlorenem im Dunkel unterbringen
an einer fremden stillen Stelle, die
nicht weiterschwingt,wenn deineTiefen schwingen.
Doch alles, was uns anrührt, dich und mich,
nimmt uns zusammen wie ein Bogenstrich,
der aus zwei Saiten eine Stimme zieht.
Auf welches Instrument sind wir gespannt?

Und welcher Spieler hat uns in der Hand?

domingo, 21 de marzo de 2010

Einmal nahm ich zwischen meine Hände...

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Einmal nahm ich zwischen meine Hände
dein Gesicht. Der Mond fiel darauf ein.
Unbegreiflichster der Gegenstände
unter überfließendem Gewein.

Wie ein williges, das still besteht,
beinah war es wie ein Ding zu halten.
Und doch war kein Wesen in der kalten
Nacht, das mir unendlicher entgeht.

O da strömen wir zu diesen Stellen,
drängen in die kleine Oberfläche
alle Wellen unsres Herzens,
Lust und Schwäche,
und wem halten wir sie schließlich hin?

Ach dem Fremden, der uns missverstanden,
ach dem andern, den wir niemals fanden,
denen Knechten, die uns banden,
Frühlingswinden, die damit entschwanden,
und der Stille, der Verliererin.

jueves, 20 de agosto de 2009

die Zeit und ich

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[...]
Ich aber will dich begreifen
wie dich die Erde begreift;
mit meinem Reifen
reift
dein Reich.
Ich will von dir keine Eitelkeit,
die dich beweist.
Ich weiß, dass die Zeit
anders heißt
als du.
Tu mir kein Wunder zulieb.
Gieb deinen Gesetzen recht
[...]

Alle, welche dich suchen, versuchen dich, del grande Rilke