Cuando algunos solitarios que ni han de abrigar la espe-
ranza de tener oyentes ni necesitan tenerlos, hacen ocasio-
nalmente ensayos con el tocar el piano a cuatro manos, esto
no tendría por qué irrogarles ningún prejuicio. A la postre
siempre se encuentra también un niño para pasarles las
páginas.
La imagen del niño pasando las páginas desprende el aroma
de seguridades precarias que sólo aparentemente tuvieron
vigencia, del mundo burgués de la infancia que iba a desa-
parecer en los vaivenes del llamado siglo corto.
Th. W. Adorno
martes, 16 de abril de 2013
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