sábado, 25 de junio de 2011

El reloj de arena tuvo que haberse detenido 1460 días. Llegó el desmoronamiento del primer curso. De pronto, viví la mentira de la totalidad. Fue tan sencillo y tan complicado como que me cambió la vida. También me salieron más ojeras, más arrugas y he perdido mucha vista. Ya no quiero comerme el mundo: antes el mundo de mi festín era sólo un frenesí, una ilusión. Otras cosas me marcaron para siempre, por ejemplo, un fortuito viaje a Italia que nunca hice y los camarones con cerveza. Es curioso. En estos cuatro años aprendí, sobre todo, que todo lo que pierde sentido lo está ganando a la vez.
Tuvo que haberse detenido, porque el tiempo pasó demasiado deprisa. Ya está, así que era esto. ¿Y ahora? Ay, mamá, no quiero ir al colegio.

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